El ejercicio del poder en Nuevo León parece haberse transformado en una pasarela de autopromoción interminable, donde las leyes y las instituciones son vistas como meras sugerencias o adornos de campaña. La reciente resolución del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (Trife) ha puesto en evidencia, una vez más, la estrategia del gobernador Samuel García: estirar la legalidad al máximo para alimentar una maquinaria de marketing político que cuesta millones de pesos a los ciudadanos. El veredicto es contundente e inapelable: el mandatario estatal violó la ley al realizar un evento masivo fuera de los plazos constitucionales para promocionar su Cuarto Informe de Gobierno.

Lejos de ajustarse a la sobriedad republicana y al marco normativo que rige el actuar de cualquier servidor público, el gobernador optó por el espectáculo. El 9 de noviembre de 2025, semanas después del periodo establecido por la legislación del estado, el emecista organizó una opulenta gala para invitados selectos en el Showcenter Complex. Lo que se vendió en redes sociales y medios de comunicación como un legítimo ejercicio de rendición de cuentas fue, en términos jurídicos reales, una abierta y flagrante ilegalidad. La justicia electoral ha determinado por unanimidad que el mandatario duplicó de forma indebida el acto de difusión de sus actividades.
Dos informes para un mismo ego: Desmenuzando el fallo del Trife
Para entender la gravedad del fallo, es necesario revisar la estructura jurídica que Samuel García decidió ignorar. La Constitución Política del Estado de Nuevo León es sumamente clara: el informe de gobierno debe ser entregado formalmente ante el Poder Legislativo una sola vez al año, específicamente durante la primera quincena de octubre. Para efectos de difusión en medios informativos, la normativa federal y local concede un margen de maniobra estricto, comprendido entre siete días anteriores y cinco días posteriores a la fecha oficial de presentación.
El origen del problema radica en que García cumplió formalmente con la entrega del documento el 15 de octubre por medio de intermediarios, decidiendo no asistir personalmente al Congreso. Con ese acto formal, el reloj legal de su informe comenzó y terminó. Sin embargo, casi un mes después, la administración estatal activó un despliegue de recursos, producción y logística para un segundo evento masivo. El Tribunal Electoral concluyó que utilizar los mismos eslóganes, la misma identidad gráfica y alojar el contenido audiovisual en el portal oficial del informe no representaba una labor informativa distinta, sino una “difusión extemporánea” ilegal. Los magistrados electorales confirmaron unánimemente la existencia de la falta, dejando la responsabilidad directamente en la figura del gobernador y su círculo de comunicación cercano.
Gastar millones en promoción sin castigo directo: El vacío de las sanciones
A pesar de la contundencia de los argumentos expuestos en la sentencia del Trife, el sistema legal mexicano presenta un recoveco que suele favorecer a los altos funcionarios públicos. Los magistrados electorales tienen la facultad de declarar la existencia de la falta y señalar a los responsables, pero carecen de la competencia jurídica para imponer un castigo directo a un gobernador en funciones. Por esta razón, el Tribunal ha turnado el expediente completo al Congreso del Estado de Nuevo León para que sea el poder legislativo el encargado de definir y aplicar la sanción correspondiente.
Este escenario traslada la ilegalidad del gobernador a la arena de la negociación y el conflicto partidista local, un terreno donde las tensiones entre el Ejecutivo y las bancadas opositoras han sido la constante durante todo el sexenio. La opinión pública se encuentra ante una paradoja indignante: se ha comprobado un desacato a las leyes electorales, pero la penalización real queda en el limbo de la política parlamentaria. Mientras tanto, el impacto mediático del evento ilegal ya surtió efecto en beneficio de la imagen personal del mandatario.
Un círculo de complicidades institucionales y mediáticas
La resolución judicial no apunta exclusivamente a Samuel García. El fallo del Trife extiende la culpabilidad a piezas clave del aparato gubernamental de Nuevo León, evidenciando que la estrategia de vulnerar los tiempos legales fue operada de manera consciente y coordinada. Entre las personas señaladas formalmente se encuentran Julieta López, directora de Comunicación del Ejecutivo, y Evencio Hernández, secretario particular del gobernador. Estas figuras institucionales fungieron como los ingenieros detrás de un montaje diseñado para burlar las restricciones temporales de la ley de comunicación social.
El entramado alcanza también a los medios de comunicación que se prestaron para la difusión ilegal del evento. Las concesionarias Televisión Azteca y Televisión Digital recibieron una sanción económica por transmitir la gala del 9 de noviembre. Aunque la multa impuesta —apenas superior a los 11 mil pesos— resulta meramente simbólica y ridícula frente a los presupuestos publicitarios que manejan estas empresas, el precedente legal queda establecido. El argumento de las televisoras de que “desconocían las limitaciones legales” resulta inverosímil para corporativos con amplios equipos legales, desnudando la complacencia mediática que suele rodear al gobierno de Nuevo León.
¿Rendición de cuentas o campaña permanente?
Si bien es cierto que el Trife desestimó las acusaciones relativas al uso indebido de recursos públicos para este evento en particular y descartó la existencia de actos anticipados de campaña, la falta administrativa no deja de ser grave. El uso sistemático de los huecos legales y el estiramiento de los plazos permitidos reflejan una filosofía de gobierno que prioriza la percepción mediática por encima de la responsabilidad institucional. Para Samuel García, el ejercicio del poder público parece indisoluble de una campaña electoral permanente, donde cada acto oficial debe ser maximizado en plataformas digitales y televisión, sin importar si se rompe la equidad y el orden legal vigente.

Este episodio deja una profunda reflexión sobre la efectividad de las leyes electorales frente al marketing político moderno. Las multas simbólicas a concesionarias y el traslado de sanciones a congresos locales paralizados políticamente se traducen en impunidad práctica. Mientras las consecuencias reales no frenen el gasto desmedido y la promoción fuera de tiempo, los ciudadanos de Nuevo León seguirán presenciando cómo sus gobernantes utilizan las tribunas oficiales para intereses particulares, ignorando la Constitución con total tranquilidad y bajo el cobijo de una costosa producción audiovisual.
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